Los vemos y asumimos: «Ah sí, es delgado». No le damos más vueltas.
Pero deberíamos.
Trabajé durante siete años en el mundo de los escaparates: primero montándolos, después diseñándolos.
Y una cosa me quedó clarísima: los maniquíes de mujer son absurdamente delgados.
Para que te hagas una idea: en una de las marcas en las que trabajé, los maniquíes usaban una talla 36… ¡de una firma que ya de por sí talla pequeño! Aun así, muchas veces había que pinzarles la cintura porque los pantalones les quedaban grandes.
En la vida real, ¿cuánta gente conoces con esas medidas? Yo… una o ninguna.
Los maniquíes delgados perpetúan la idea de que la ropa solo le queda bien a ciertos cuerpos.
Nos venden una narrativa que nos dice que nuestros cuerpos deberían verse como ellos: sin importar genética, contexto ni el pequeño detalle de que
estamos hechos de carne y no de plástico.
No representan la diversidad de cuerpos que existe en la sociedad.
Si un grupo de maniquíes en un escaparate representara un grupo de amigas que van de compras, ¿qué tipo de grupo homogéneo sería ese?
Es cierto que hay avances: Nike introdujo maniquíes plus size en Londres, Lululemon y Athleta han apostado por tallas más diversas… pero, curiosamente, en su mayoría, esto ocurre en ropa deportiva.
(Y ese es un melón que quizá abramos otro día ).
¿Qué opinas? ¿Has notado estos cambios en las tiendas?
¿Crees que representan mejor la realidad o aún falta mucho por hacer?
Te leo.