Cuando era adolescente, en mi familia existía una broma que venía a decir que “si hubieses vivido en la edad durante la cual se pintaron las Tres Gracias, de Rubens, habrías sido una musa”.
Lo cierto es que esa no era la broma acerca de mi cuerpo más me molestaba.
Con el tiempo me he dado cuenta que era algo que, dentro, muy dentro, me empoderaba.
Y es que, la importancia de ver retratados cuerpos similares al propio, es tremenda. Cuerpos similares tratados con respecto, quiero decir.
Es triste que en los dosmiles, cuando yo era adolescente y tenía necesidad de ver cuerpos como el mío, tenía que tomar de referencia un cuadro del año 1600.
Era ese cuadro en el que veía cuerpos que no eran normativos.
No veía a Britney Spears, ni a Destiny´s Child, ni Christina Aguilera ni a Paris Hilton.
(Sí, lo sé, mi yo adolescente era carne de cañón. Le daba mucho a la Súper Pop).
No veía vientres planos, brazos delgados, sonrisas de millón de dólares, pantalones peligrosamente bajos, ni ropa que siempre quedaba bien (aunque había que tener estómago para ponerse algunos de aquellos outfits, todo sea dicho).
Veía a tres mujeronas, en pelota picada, que estaban tranquilamente de cháchara en el campo, a punto de ponerse a jugar a lo que parecía el corro de la patata.
No parecían acomplejadas, ni parecían preocuparse por no tener un culito respingón.
¿Qué las pasaba? (Yes, I am #laista)
Ah, debía de ser cosa de la época. Debía de ser que en la época de Rubens, no tenían ni idea de nada. Que como eran tiempos pasados, la gente era salvaje y por eso retrataban esos “cuerpos horribles”.
Ahí estaba yo, restando toda validez al cuadro y a la belleza que representa.
De alguna manera, lo ninguneaba porque no me cabía en la cabeza que nadie pudiese pensar que aquellos cuerpos eran bellos.
Pero ahí estaba el cuadro. No le molestaba lo que yo pensase.
Ahí seguía, impasible.
Y por más que yo tuviese un sentido del rechazo hacia esos cuerpos que me decían que debía odiar a toda costa, la imagen de las Gracias me dejó huella.
Si alguien iba al Prado y al verlas, las señalaba y se reía, a ellas les daba igual.
Allí seguían.
Si alguien les usaba como comparación para insultar y llamar a alguien gorda, a ellas les daba igual. Allí seguían.
No puedo decir que con el paso de los años yo haya adquirido ese nivel de impasibilidad cuando recibo algún comentario (o insulto) hacia mi cuerpo.
Pero sí que he sido consciente del cambio. Bueno, como para no serlo. He hecho mucho esfuerzo por deconstruirme.
Hoy miro a las Gracias con unos ojos completamente distintos. Y estoy agradecida de haberlas podido tener como referente.